la patata







Patatas meneadas

Apaña las patatas sustrayéndolas de la tierra madre con mimo extremo, como quien no quitara sino que diera, no vaya a ser que esa madre se cele y vierta en sus crías la ponzoña, que también sabe hacerlo, y entonces las patatas perderían su bonanza.
Por el camino al hogar vete cantando una alegre cancioncilla que improvises para la ocasión, y así continúa mientras dure la preparación que sigue, pues has de saber que la alegría de la voz no es prescindible para la exquisitez de este manjar.
Alivia las patatas en agua tibia para que no sientan más temperatura que la que sintieron en el seno de su madre si fuera verano, que si es invierno la fría les gusta más.
Raspa su piel, que jamás debe cortarse con filo de navaja, ni tampoco su carne, ya que si sus células (como las de cualquier materia comestible) son cortadas en lugar de separadas, el mal sabor se hará presente de inmediato. Pero como quiera que deben hacerse pedazos de algún modo, procede de la siguiente forma y manera para trocearlas: clava el filo de la navaja en la patata y rasga el trozo para que las células se separen por donde a ellas se les antoje (tiene que sonar un crac); así vamos obteniendo los cachos de patata, tan contentos ellos y con el mínimo daño.
Pon los cachos, sin dejar de cantar, en una escurridera bajo un chorro de agua tibia y báñalos a placer para que se desprenda de ellos el almidón. Después viértelos en una cacerola cubiertos de agua con el mismo temple, y enciende debajo el fuego muy tenue al principio, avivándolo poco a poco para que se acostumbren sin sobresaltos.
Añádeles la sal junto a un chorrito de aceite de oliva.
Su cocción debe ser lentíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiisima.
Cuando veas que las patatas van tiernas y se dejan aplastar sin resistencia, agarra una espumadera o similar y, después de escurrirles la parte del agua que flota por encima y apartarla por si hiciera falta más tarde, comienza a espachurrar las patatas como para hacerlas puré: eso es menearlas.
Sofríe generosamente ajitos y pimentón y añádeselos removiendo para que se empapen (esto les gusta mucho a ellas si se hace cantando o, al menos, sonriendo). Fríe también cachitos de chorizo fresco y unos torreznillos bien torrados. Ambos se añaden a la misma hora de servir y se envuelven para que cojan el gusto.
Si necesitaras añadir el caldo reservado, hazlo cuanto gustes, que ellas lo agradecerán si es que están en exceso espesas a la hora de comerlas. Han de quedar como puré que se come con tenedor, sí, pero nunca tan espesas como cemento.
Y…¡hale!, deja ya de cantar, que a quien come y canta un sentido le falta.



(© de la receta: Gloria Castaño)